sábado, enero 23, 2010

Limpiadora

Mi último viaje de trabajo a Eslovenia me ha servido para charlar largo y tendido con un compañero de empresa acerca de las expectativas profesionales de cada uno. No concretamente de las nuestras, sino de cómo cada cuál se establece fronteras más o menos rígidas a la hora de plantearse su carrera profesional.

Afortunadamente, los seres humanos están influenciados por tantos factores internos, carácter, salud, nivel intelectual, vitalidad, fuerza de voluntad, pragmatismo, como externos, situación familiar, entorno educativo, valores recibidos o lugar de residencia, que no hay dos personas que se puedan definir con el mismo patrón en ese difícil equilibrio que supone compensar una vida personal satisfactoria con una proyección en el trabajo que le haga sentirse realizado.

En mis momentos de mayor estrés en el trabajo, le contaba, yo envidiaba a una limpiadora que llegaba todas las mañanas a mi despacho, con una sonrisa de oreja a oreja y tarareando coplas. Me echaba tres piropos mientras me limpiaba el teclado del ordenador, sin importarle si estuviese encendido, apagado; recogía la bolsa de la papelera, limpiaba los cristales y se iba.

Yo quería esa vida tan sana para mí, porque quizás hubo una época en que veía que mi día a día se estaba volviendo insano.

Me planteaba que no tenía grandes pretensiones económicas, que me apetecía tener mucho tiempo libre, para leer y escribir, para estar con los amigos, pasear, hacer deporte, dormir, aprender a cocinar, viajar, leerme el periódico con calma cada día, que no quería morir de un infarto con 40 años.

Cierto es que asumí hace tiempo que no quiero esa vida de rutinas aparentemente felices. Veía a esa mujer cinco minutos cada mañana, pero no el resto de su día ni sus posibles miserias familiares.

Con el tiempo a mí las cosas se me complicaron en lo económico: hipotecas, préstamos, negocios familiares, al tiempo que me fui sintiendo satisfecho con el trabajo que hacía, por muy distante que esté la ingeniería del automóvil de mi primigenia vocación humanista de escribir.

¿Uno se plantea dónde están sus límites?

A veces la vida no te da demasiada opción a elegir con frialdad.

Este compañero con el que estuve en Eslovenia es feliz trabajando a tope sus ocho horas, jugando al futbito los jueves y teniendo todo el resto del tiempo para disfrutarlo él, sin condicionantes.

¿Cuáles son las claves del equilibrio laboral-emocional?

Las que nosotros sepamos ponernos (y el dinero, venenoso, siempre estará ahí para influirnos).

La infelicidad viene cuando esos condicionantes nos vienen, en un porcentaje insoportable, dados.

Pero sobre todo viene cuando no hay trabajo del que hablar.

2 comentarios:

nosequé dijo...

Tu profesión te ha dado la oportunidad de hacer lo que realmente te sale de la piel. Escribir. O mejor dicho, poder escribir historias de lo que tu percibes y observas en tu vida, digamos “alimenticia”. Es un don preciado, que lo tienen pocos.
El otro don el de intentar ser feliz con lo poco que supuestamente tiene la limpiadora, es otro cantar. Seguramente es una mujer muy inteligente, sabe donde esta y sabe donde no va estar nunca. Por eso todas las mañanas, te dice ¡Guapo!. Y canta, su cantar.

Saludos, contador de detalles.

Anónimo dijo...

Una mujer sabia me dijo una vez: "si no tienes lo que quieres, por lo menos quiere lo que tienes". Vale, tal vez no sea demasiado ambicioso, pero dentro del contexto es realista y no frustrante, por lo menos.(Como dijo Ortega y Gasset sobre el hombre y sus circunstancias). Es bueno soñar, intentar mejorar, pero que eso no nos lleve a una vida de amargura pensando en lo que querríamos y nos impida disfrutar de lo que tenemos, que creo que es mucho y bueno. Realmente son molinos, no gigantes.
abrazos de M. Dufour