—¿Tendrían sitio para dos?
—Solo nos queda esa mesa ahí fuera.
Fran me miró y yo negué con la cabeza.
—Hace frío —me disculpé—. Mejor otro día.
Nos giramos.
—¡Esperen! Tengo una mesa de ocho reservada para hace media hora.
Acabamos cenando en el interior de la sala con una mesa enorme vacía en un restaurante diminuto.
Ese sábado por la noche, a ninguno de los ocho se les ocurrió disculparse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario