martes, junio 27, 2017

Estadio

Tomábamos una cerveza una tarde cercana de primavera, casi al anochecer, en las mesas altas de la acera del Eslava. Nos encanta el salmorejo de ese bar y el ambiente habitualmente optimista de su clientela. Lo da la simpatía del personal, la vista de la hermosa plaza de San Lorenzo, el disfrute de un local concebido para mucho más que alimentarse y beber.

Entonces apareció un conocido, de ésos con los que lo único que comparto es el interés mutuo en no vernos por la calle; nos saludamos todo lo hipócritamente que la educación impone y escuchamos su aseveración paleolítica:

-Otra vez colapsado por los turistas -se refería al Eslava-. Yo los metía a todos en un autobús y los encerraba en el estadio olímpico.

Yo lo encerraba a él. Primero, para evitar cruzármelo en el futuro; segundo, por mentecato.

Una ciudad como Sevilla, en la que un porcentaje enorme de la población vive de los servicios, especialmente bien tratados por unos turistas que llegan con ansias de disfrutar de la belleza y el saber vivir de esta urbe necesitada de riqueza para mantener el limitado bienestar económico del que disfrutamos, una ciudad como la nuestra debe batirse el cobre por mimar a aquéllos que tienen la gentileza de venir a vernos.

Al del estadio, que trabaja como funcionario nombrado a dedo, le regalaría una aplicación de móvil pensada especialmente para él, con botones que habiliten envíos rápidos de comida del Eslava a casa. No se le ocurra salir.

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