viernes, marzo 10, 2017

Venecia

La primera vez que pisé Venecia entré en ella sin saber que estaba dentro. Apresurado en mi viaje hacia Eslovenia, llegué con el coche de alquiler a Piazzale Roma, lo dejé con las llaves puestas, desconfiado, en un parking cutre donde me mostraron todos los vehículos con sus llaves, para convencerme, y me adentré a la carrera. De golpe, el Gran Canal, a mis pies; un fogonazo brutal que aún perdura, arrollador, en mi memoria. Atemorizado por perder el coche, troté, borracho de belleza, siguiendo las indicaciones que me llevaban al Puente Rialto. Cruzaba canales, atravesaba soportales, olía la comida de mediodía bajo un sol espectacular. No hay emoción como la de atravesar Venecia por vez primera. Compré un trozo de pizza que comí extasiado ante la Basílica dorada de San Marco. Volví por el Puente de la Academia hasta dar con un coche que no sirvió sino de acicate para enamorarme de la ciudad en carne viva, deprisa, deprisa.

Hoy, tras muchas otras visitas, pausadas, y varios años sin meterle mano, vuelvo a ella, a dejarme de nuevo erotizar, poniendo a prueba mi capacidad de sentirme desarbolado por su mirada, en un juego de verme en el espejo de sus encantos, falsos, eternos, retadores, sibilinos, majestuosos. A la vieja socarrona Venecia, dada tantas veces por muerta y enterrada.

Quiero ver si sigo siendo aquél que se estremece ante la grandeza de lo sublime. Retozar entre sus muros para hacer valer mi derecho a decidir que nunca renunciaré a la vida.

2 comentarios:

Ana dijo...

Inolvidable esa primera imagen de Venecia. La mía al salir desde la estación de tren. Por mucho que te lo hayan contado. Saludos.

Salvador Navarro dijo...

Esa immagen nadie te la podrá robar, Ana