domingo, febrero 05, 2017

Ridículo

Tengo devoción por mis verdaderos amigos y Carmen Tamayo ocupa un lugar privilegiado entre ellos, porque la quiero, la admiro y me aporta luz.

Siempre enredada en proyectos creativos, esta licenciada por la Escuela de Interpretación de Cristina Rota, compagina su trabajo como coordinadora en un centro de personas sin hogar, como trabajadora social que es, con la dirección de una compañía teatral para adolescentes en su pueblo.

Hace pocos días inauguró, junto con un par de socios, un centro cultural en un barrio humilde de Sevilla donde crear cultura: teatro, fotografía, cine, literatura, música. Todo tiene cabida allí.

-Salva, empezamos fuerte con un intensivo de teatro todo un fin de semana. Cuento contigo.

Allí estaba yo. Por ella y contra mi sentido del ridículo. Entregado e incómodo a la vez. 12 alumnos que nos citamos en ese espacio de la Macarena un viernes por la tarde, con más vergüenza en el cuerpo de la que queríamos reconocer.

Extirpando nuestros prejuicios con mucha música, coreografías imposibles, a base de hacernos gritar, inventar vehículos con que desintegrarnos, utilizando nuestros textos, animándonos a llevar objetos personales, provocando abrazos, Carmen nos ha ido llevando a un territorio en el que no pensar tanto en el qué dirán para concentrarnos en el qué sentir y cómo transmitirlo; nos ha arrimado al país donde se escucha de verdad, aquél en que los humanos alejan sus tonterías para rozarse sin mirar qué ropa llevas o cuántos años acabas de cumplir. Nos ha hecho abrir los cajones atascados de nuestras emociones para convencernos de que se pueden airear al viento sin complejos, porque nadie se va a asustar de ver en ti lo que ellos esconden, sin querer, de sí mismos.

Anoche, tras una cena con amigos, me abrí un pasillo en el bar de copas para mostrar mi coreografía entre el asombro general de quien me conoce.


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